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Resumen

01/05/2006

El reloj de la felicidad.

20060501220016-tic-tac.jpg

Hace muchos meses que cerré esta página. La falta de tiempo y la ausencia de la musa hicieron que abandonase este rincón mágico. Pero, he decidido volver a escribir. Supongo que hasta que no me vuelva a acostumbrar a pensar historias, lo que salga de mi mente ahora mismo dejará mucho que desear.

Pero tiempo al tiempo. Espero veros por aquí :) He vuelto. 

               

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El reloj de la felicidad.

 

       
Ángela se podía pasar horas y horas sentada frente al reloj que un día trajo a casa su abuelo Alfonso.
Cuando ese reloj llegó a su casa, era el doble de alto que Ángela (hay que tener en cuenta que ella sólo tenía 7 años). Era de madera oscura y brillante. Cuando Ángela lo miraba, parecía que veía a alguien serio, imponente, majestuoso. Pero conforme iban pasando sus tic-tac, la sensación de Ángela cambiaba completamente.
Hace mucho tiempo, Alfonso le contó la historia de ese reloj:


-Es un reloj muy antiguo. En la época de la Guerra Civil, me trajo mucha felicidad en aquellas horas de amargura. –Comenzó a explicar Alfonso.
-¿Y cómo puede traer un reloj felicidad? Sólo es un trozo de madera. –Replicó Ángela.
-Es un trozo de madera para aquellas personas que no saben apreciar los detalles de la vida. Para aquellos ojos que no alcanzan a ver la maravilla de la magia.
-¿Es un reloj mágico?
-
Calla, niña, y escucha atentamente. Este reloj me lo dio mi abuelo. Así que ya puedes imaginarte cuántos años hace de eso. En su día, me explicó cómo el ir y venir de sus agujas podían ayudarme en mis momentos oscuros.
Si algún día sentía miedo, sólo tenía que sentarme frente al reloj y conseguir acallar todos los ruidos de fuera. Tic-tac… Tic-tac… Tic… Así hasta que sólo escuchase el paseo del segundero por los números romanos. Poco a
poco mi temor se apaciguaría y la sensación de tranquilidad y seguridad me invadiría.
Pero no sólo me ayudaría en mis momentos malos. También cuando sintiese felicidad, sus agujas me servirían para que esa dicha la mantuviese más tiempo en mí. Un reloj mágico, sin duda.
Y ahora lo tenéis vosotros en vuestra casa. Lo que pasa es que tus padre, cuando eran niños, no aprendieron a creer en la magia. Pero estoy seguro de que tú si creerás en ella…


Ya ha pasado mucho tiempo desde que su abuelo le contase esa historia. Lo mejor de todo es que tenía razón: le ayudó cuando sentía miedo, tristeza, alegría, nerviosismo… Era un bálsamo para ella en cualquier situación. Pero después de muchos años, el reloj debía cambiar de dueño. El reloj tenía que seguir ayudando a las personas. Se tenía que dirigir hacia otro destino.


Hace dos meses, mi abuela Ángela me lo trajo a casa. Sabía que yo siempre he creído en la magia. Y ahora su tic-tac suena en mi salón.

 

01/05/2006 22:03 Autor: Dynaheir. #. Tema: Historias Hay 1 comentario.

03/05/2006

[Fábrica de sonrisas]

20060503012347-the-long-walk-home-by-monocolour-photos.jpgSalió de casa bastante enfadada. Se había levantado con la hora justa, iba a llegar tarde al trabajo y para colmo estaba lloviendo. Esa mañana ni siquiera desayunó, y todo el mundo que la conocía sabía que si Julia no desayunaba, el día le iría fatal.

 

 

Salió del portal. Abrió el paraguas y se dispuso a andar. Iba ensimismada en sus cosas cuando, de repente, miró al frente. Un extraño que caminaba en sentido contrario al de ella, le sonrió. El día de Julia cambió y resultó ser una maravilla.

 

 

Ese extraño era Pedro, un chico de unos 27 años, apuesto, alto y con una gran sonrisa pintada en la cara. En el pueblo, nadie sabía nada de él, pero todo el mundo le conocía.

 

 

Le decían el “sonrisas”. Se pasaba el día caminando, con una sonrisa brillante y espectacular en su cara. Nadie podía explicarse el por qué de su permanente sonrisa. Y mucho menos se explicaban cómo conseguía alegrar el día a aquellas personas que recibían su sonrisa.

 

 

Sólo había una persona en todo el pueblo que sabía su verdadera historia:

 

 

-¿Qué tal Pedro? ¿Has sonreído a mucha gente? –Le preguntó Sofía.

 

-Pues la verdad es que sí… ¡No puedes imaginarte la cantidad de personas que están tristes en este pueblo! –Respondió Pedro.

 

-Se preocupan demasiado… El trabajo, el amor, los hijos, los complejos… A cualquier cosa le atribuyen un problema.

 

-Sí… Y lo peor de todo es que no se dan cuenta de la suerte que tienen por el simple hecho de estar vivos. V-I-D-A… ¿Te has dado cuenta de lo bonita que es esta palabra?

 

-Sí, pero su significado lo es más.

 

-Mucha razón tienes. Bueno, a mí no me importa seguir sonriendo a la gente. Es un simple gesto por mi parte… y consigo que una parte de ellos cambie para que puedan conseguir la felicidad.

 

-Cada día estoy más contenta de haberte conocido.

 

 

Pedro y Sofía se despidieron. Pedro se tenía que ir a trabajar. Y éste era su gran secreto: trabajaba en una fábrica de sonrisas. Allí, la magia florecía en cada rincón. Podían ver quiénes necesitaban una sonrisa para ser un poco más felices.

 

 

Daban clases para aprender a sonreír con magia. Aprender a tener una risa contagiosa y verdadera. Y, ¿sabéis quiénes eran los profesores? ¡Los niños! Y es que no hay sonrisa más sincera que la de un niño.

 

 

Pedro y sus demás compañeros mágicos iban cada día por las calles del pueblo sonriéndole a la gente que necesitaba de su magia. Poco a poco, consiguieron que todos los habitantes fueran felices.

 

 

Un día, la fábrica, sus empleados y Pedro desaparecieron. Sofía nunca lo volvió a ver. Se dice que se trasladaron a otro lugar, para poder ayudar a otras personas a que sean más felices.

 

 

Si mañana alguien te sonríe por la calle, ya sabes dónde está Pedro y su fábrica de sonrisas.

 

03/05/2006 01:24 Autor: Dynaheir. #. Tema: Cuentos para niños Hay 9 comentarios.


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